Blog

La historia de la bici y la coliflor.

Cuando dices «no puedo» tu cerebro se detiene. Cuando dices «cómo lo hago» tu cerebro trabaja y encuentra la manera de lograrlo todo. Cuando dices «sí puedo», ocurre.

Esta es mi experiencia en la vida, y lo he visto aplicado en varias facetas de la misma: deporte, educación, gestión de equipos, relaciones personales… e incluso la gestión de personal de cada uno ante situaciones difíciles como una enfermedad o la pérdida de un ser querido.

Me viene a la cabeza un ejemplo de hace no mucho, una historia bautizada como «la historia de la bici y la coliflor».

Todo se remonta a este mismo verano, cuando fui a hacer una excursión en bici con mi hijo mayor (6 años). La excursión no era muy larga, pero hacía mucho calor y había subida importante al final. El pobrecito iba sufriendo y quería bajarse de la bici, pero yo le decía que tenía que apretar los dientes y no rendirse. En un momento dado empezó a decir, con lágrimas en los ojos (pero sin dejar de pedalear) que no podía. Lo repetía una y otra vez: no puedo, no puedo, no puedo. Cada vez más alto.

Lógicamente yo, como padre, no era insensible a verle ahí pasándolo mal, pero sí sabía que si se convencía de que podía no se bajaría de la bici. Igualmente sabía que si se creía realmente que podía llegar hasta arriba sin pararse lo conseguiría, y no solo eso, sino que además sacaría una valiosa lección para la vida.

Le dije que probara a decir «sí puedo», y que si confiaba en sí mismo lo lograría. Al poco dejó de lloriquear y gritó que sí podía con la cuesta, y ya te puedes imaginar el resto. Cuando llegamos arriba, y no se había bajado, estaba que no cabía en sí de gozo. Me preguntó que si podíamos repetir lo de la cuesta más veces, como si quisiera comprobar que no era un burdo truco de padre y que aquellas palabras realmente eran mágicas.

Tiempo después, tuvimos en casa la mayor huelga de hambre que se haya visto desde que somos padres. En este caso el protagonista fue el segundo de mis hijos, de 5 años. La cusa: una coliflor poco suculenta. Nos enrocamos (padres e hijo, a partes iguales) en nuestra postura.

«O te comes la coliflor o no vas a comer otra cosa.»

«No lo haré.»

Fueron pasando las horas, y lo que empezó como un bloqueo en la cena del jueves llegó a ser una auténtica huelga de hambre que se alargó hasta la comida del sábado. Como padres no podíamos dejar que nuestro hijo muriera de hambre, pero tampoco queríamos ceder ante tal cabezonería (hasta ese momento el hambre siempre había hecho su efecto y el niño más pronto que tarde acababa comiendo). Optamos por pedirle un esfuerzo, bastaría con que se tomara «algo» del plato de coliflor y le perdonaríamos el resto. Además, podría elegir la coliflor como comida vetada (todos en nuestra familia pueden elegir una comida que no quieran comer y tienen salvoconducto para que les sirva otra cosa en su lugar).

El pobre niño, debilucho por la falta de alimento y exhausto por el interminable proceso de tomarse la coliflor, dijo que no era capaz de tomársela, que era superior a sus fuerzas (aunque no fueron sus palabras textuales). Y fue ese el momento cuando el hermano mayor decantó la balanza contando su anécdota sobre la bici en verano. Convenció a su hermano de que dijera el famoso «sí puedo», y le aseguró que la coliflor entraría hasta el fondo.

Yo miraba la escena desde fuera, poco convencido de la efectividad de la recomendación (jamás había visto tanto compromiso con una huelga de hambre y realmente no sabía qué iba a acabar pasando) pero con ganas de liberar a mi hijo de esa situación. Y cuando estaba a punto de reconocer que la batalla estaba perdida le escuché murmurar entre dientes «yo puedo», y acto seguido se tomó la coliflor.

Fue como la campanada de año nuevo, los hermanos empezaron a aplaudir y a felicitarle por haberlo conseguido, y yo no pude más que darle un buen abrazo.

Ciertamente hay que ser firmes con los niños, pero también hay que saber cuándo ser flexible. En aquella situación la coliflor ya me daba igual, sólo quería que el niño aprendiera que a veces hay que esforzarse y hacer algo que no quieres. Y no tengo claro que ese fuera el aprendizaje que sacó de aquella huelga de hambre, pero sin duda aprendió el poder que tienen nuestros pensamientos y nuestras palabras sobre nosotros mismo.

PD: yo quiero, yo puedo, yo voy.

WhatsApp
Twitter
LinkedIn
Facebook
Claudio Hernández Olalla

Claudio Hernández Olalla

Elige ser la mejor versión de ti mismo

Claudio Hernández Olalla

Claudio Hernández Olalla

Elige ser la mejor versión de ti mismo

2 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

OTROS ARTÍCULOS

Cómo empezó todo

Leyendo “Los 7 Hábitos de la Gente Altamente Efectiva” me di cuenta que no podía no hacerlo. Ya desde el hábito 1, ser proactivo, sentía

Leer más »

Al estilo del bambú

En el último vídeo subido a mi canal de YouTube decía que conocerse a uno mismo es una de esas cosas que nunca acabamos de hacer del

Leer más »
¡Hey, si quieres que te avise cuando haya un nuevo post deja tu email por aquí!

Nada de spam, te lo prometo ;)

Loading